Pocas pulgas


por Esteban Arredondo

Me asomé entre las cabezas. Pasaba de largo como un navío en las aguas de los canales, donde agua diáfana y tierra áspera juegan conjuntas, se revuelcan a velocidad de su cauce. Procuraba encontrar distracciones. Mi mente veía límpidamente, tenía un brillo de conocer el trasfondo de las cosas.

¡Oh clarividencia rutinaria, escondida bajo la piel! Me asegurabas la bonanza cuando se entenebrecía la vida, me dabas la esperanza de una naturaleza perdida. Cuando subíamos alto, todo el terreno se calentaba debajo; estábamos tomados y tú me instruías, el aire condenso por estrados que volábamos mientras mis temores destruías. Mis asperezas no eran suficientes, todavía me resentía, todavía lloraba, habían palabras harpías que aún me devoraban. Un deseo, ideologías deplorables, cuita de soledad para un hombre sin coraje, ¡chanza, no te rías de mi embalaje!

No vayas y digas sornas con alteraciones, que mis agallas no son fenomenales sino ponderadas, que guardo mis ases para el amor, que soy víctima de acusaciones.

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