¿Ser o no ser puntual? Algunos piensan, y me cuento entre ellos, que la impuntualidad a una cita o actividad programada se produce a partir del interés que tengamos en la misma. Llegas tarde al trabajo porque tu interés en otra cosa te impidió salir a tiempo de tu casa. Ejemplo: Viste una buena película la noche anterior; te desvelaste y luego no te levantaste a tiempo, llegaste tarde. Podría ser también que tu plática de sobre mesa luego del desayuno fuera más interesante aún que la idea misma de llegar puntual o que tu interés es poco hacia una cita de negocios que de antemano promete no ser muy exitosa. Pero la impuntualidad también podría darse por factores externos o ajenos: se desarrollo una larga cola camino a la oficina porque hubo un accidente de tráfico, la policía de tránsito implemento un puesto de registro camino al trabajo, un repentino aguacero produjo un caos en el retorno a la oficina después del almuerzo, etc. En este caso nuestra imprevisión se disfrazada de errores ajenos.

Ya en el siglo 18 algunos hombres se preocupaban por el hecho de llegar tarde. En Francia un poeta llamado Nicolás Boileau-Despréaux acuñó una frase: “Procuro ser siempre muy puntual, pues he observado que los defectos de una persona se reflejan muy vivamente en la memoria de quien la espera”. También el famoso educador norteamericano Horace Mann, en la misma época decía: “La informalidad en atender una cita es un claro acto de deshonestidad. Igual puedes robar el dinero de una persona si robas su tiempo”.

Si dejamos de ser puntuales perdemos al menos dos cosas: 1. El respeto de las demás personas  y por todo lo que representamos: nuestro producto, nuestra marca, nuestra empresa, etc. 2. Grandes oportunidades de desarrollo.

En un medio donde ser impuntual es cosa muy común, el ser puntual vale millones.